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Entre arbustos, magueyes y mezquites

(fragmento)

Mónica Cavazos


Antes de que llegaran, nada extraño sucedía en el pueblo. Los mayores habían escuchado historias. Tata grande nos platicaba cuentos de criaturas a las que llama humanos. Dice que se parecen a nosotros, aunque más altos y tienen orejas chiquitas. Hacía como que las dibujaba junto a las suyas; apenas meneaba el dedo, como si fueran caracoles desnutridos. Escucharlo me puso triste. Se han de agachar mucho pa’ sacarle el agua a los magueyes. No como nosotros, que nomás nos emparejamos a la planta madre. Tata grande dice que, como respetamos a la naturaleza, nos bendicen las diosas madres.

Cuando le pregunté qué tan altos son, levantó el brazo y se estiró pa’ mostrarnos, pero ni siquiera hizo puntitas y se quedó muy muy por debajo de los mezquites –esos nos dieron vida y nos cuidan, igual que al bosque–. Dijo que con tan insignificantes orejas, no pueden escuchar las voces ni el canto de las aves en lo alto de los árboles, porque tampoco saben escalar.

¿Qué habrán hecho? ¿Por qué los castigaron? Tenía muchas dudas. ¿Pa’ qué servirán entonces?

Conociéndonos de curiosos, levantó la mano y, muy serio, nos hizo una advertencia: «No se acerquen nunca a ellos porque son criaturas misteriosas. No se conoce a simple vista si son blancas o negras. Las leyendas cuentan que, de noche, con la ropa puesta al revés, salen y hacen travesuras. Se entretienen ocultando los caminos. Les quitan la luz pa’ perdernos».


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