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Un pequeño paso para el hombre

Mónica Cavazos

El dieciséis de julio de 1969 los ojos del mundo se dirigían a sus televisores para atestiguar el gran acontecimiento: la llegada del hombre a la luna. El corazón de mi madre debió partirse en dos mitades exactas. Una pendiente de la gran misión de la NASA y la otra, de la suya. Ciento veinte horas la separaban de su gran hazaña. Su cuerpo había expulsado cuatro mil cuatrocientos ochenta y dos gramos de vida que habían hecho de la suya un martirio los últimos noventa días. Con una panza tal que según ella le impedía ver lo que tenía enfrente (yo creo que solo no la dejaba verse los zapatos), se propuso dar a luz ipso facto al llegar al hospital. Nada de cesárea, dijo contundente al médico. A más tardar mañana regreso a casa.

El veinte de julio, mientras ella amamantaba a su bebé, Neil Armstrong, miembro de la misión Apolo 11, ponía un pie en la superficie lunar protagonizando el gran paso de la humanidad. La sal de las lágrimas de mi madre se mezcló con el azúcar de su leche. El bebé succionó y en ese momento su cerebro captó por primera vez la dualidad. Así, sin saberlo, ella inoculaba en su hijo una capacidad extraordinaria que de lo contrario le tomaría algunos años descubrir: el término medio; ni claro ni oscuro; ni bueno ni malo, ni dulce ni amargo, ni niño ni niña.

Preparado para poner un pie firme en las definiciones del mundo actual, mi hermano desperdició su primera lección. De haber estado en su lugar (con mi vocación de complicar lo inocuo), habría elegido para mí pertenecer al género fluido. Se escucha tan liviano, tan cool. Balancearse de un lado a otro. Imaginar en el cuerpo un lugar donde puede llegar a convivir todo de manera simultánea: la delicadeza del roce de unos pétalos; lo áspero de la corteza del árbol; el calor de una mañana de verano; la firmeza del casco de un trasatlántico; la aridez interespacial; el blanco amenazante del invierno; la rugosidad del cableado de cobre; la sensibilidad de los hilos de la fibra óptica.

Apenas escribo estas ideas, un recuerdo se agolpa en mi cabeza. Navego por Internet en busca de los memes, tuits y videos que se mofan de Andrea Escamilla al pedir en una clase por zoom que se dirijan a ella como compañere. La realidad congela. No reconocerse como hombre o mujer (de preferencia hombre), garantiza una existencia llena de dificultades en pleno siglo XXI, a un año de que la NASA lleve a la primera mujer a la Luna gracias a la misión Artemisa. Rechazo, estigmatización, burla, violencia, o en el menor de los casos, incomprensión. Por supuesto mamá no piensa en eso, sus crías se encuentran insertas en la muy pacífica e incontroversial definición cisgénero.

Necesitada de romanticismo, hurgo en el ciberespacio ávida por encontrar evidencia irrefutable, de que durante el mes de mi nacimiento sucedieron cosas extraordinarias en el mundo. Rescato: la Unión Soviética lanza la sonda espacial Venera 7 al planeta Venus, que aterrizará y transmitirá datos desde su superficie; si fuera importante esa noticia, aparecería en primer lugar al buscar acontecimientos mundiales en 1970. Por el contrario, los encabezados en la Red anuncian el inicio de una década de escándalos: las muertes de Jimi Hendrix y Elvis Presley; el Watergate, la proliferación de dictaduras en Latinoamérica y el auge del terrorismo mundial. Así que mi alumbramiento se suscita sin gloria universal gracias a que los presidentes Kennedy y Nixon se gastaron hasta el último centavo (de dólar) destinado a aventuras astronómicas. Al menos la sequía se anunció al mes de mi insulsa llegada al mundo: en septiembre de 1970 la NASA canceló las misiones Apolo 18 y Apolo 19.

Quizá en décadas futuras las misiones espaciales serán dirigidas por astronautes; se llamarán Hermafrodita I, II, III y fluirán libres como ondas surgidas de la valentía de una piedra arrojada a un estanque cool, que se dejará hacer cosquillas infinitas. ¿Cómo saberlo?



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